Bartleby, el escribiente (Mini Ilustrados)

Bartleby, el escribiente (Mini Ilustrados)

Herman Melville

Language:

Pages: 40

ISBN: 8467039353

Format: PDF / Kindle (mobi) / ePub


Bartleby, el escribiente es una de las narraciones más originales y conmovedoras de la historia de la literatura. Melville escribió este relato a mediados del siglo xix, pero por él no parece haber pasado el tiempo. Nos cuenta la historia de un peculiar copista que trabaja en una oficina de Wall Street. Un día, de repente, deja de escribir amparándose en su famosa fórmula: «Preferiría no hacerlo».

Nadie sabe de dónde viene este escribiente, prefiere no decirlo, y su futuro es incierto pues prefiere no hacer nada que altere su situación. El abogado, que es el narrador, no sabe cómo actuar ante esta rebeldía, pero al mismo tiempo se siente atraído por tan misteriosa actitud. Su compasión hacia el escribiente, un empleado que no cumple ninguna de sus órdenes, hace de este personaje un ser tan extraño como el propio Bartleby.
El libro está ilustrado por Javier Zabala, Premio Nacional de Ilustración 2005.

«Bartleby, que data de 1856, prefigura a Franz Kafka. Su desconcertante Protagonista es un hombre oscuro que se niega tenazmente a la acción. El autor no lo explica, pero nuestra imaginación lo acepta inmediatamente y no sin mucha lástima. En realidad son dos los protagonistas; el obstinado Bartleby y el narrador que se resigna a su obstinación y acaba por encariñarse con él.»
Jorge Luis Borges

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

policía resultaba una idea desagradable; y sin embargo, permitirle disfrutar de su cadavérico triunfo sobre mí, esto también era algo en lo que no podía pensar. �Qué había que hacer? O, si no le podía hacer nada, �había otra cosa que yo pudiera presuponer en este asunto? Sí. De la misma manera que antes había asumido que existían posibilidades de que Bartleby se marchara, ahora podría dar retrospectivamente por supuesto que se había marchado. Para que se cumpliese legítimamente esta hipótesis,

a todos los seres, especialmente a los hombres con mucho temperamento, a la caridad y a la filantropía. En todo caso, en esta ocasión me esforcé para ahogar mis exasperados sentimientos hacia el escribiente, analizando con benevolencia su conducta. �¡Pobre hombre, pobre hombre! —pensé—, no hace nada a propósito; y además, ha vivido tiempos duros; se le debería perdonar». Así mismo, intenté por todos los medios ocupar mi tiempo inmediatamente y consolar, a la vez, mi abatimiento. Traté de

—Entonces, señor —dijo el desconocido, que resultó ser un abogado—, usted es responsable del hombre que dejó allí. No quiere copiar nada; se niega a todo; dice que prefiere no hacerlo; y se niega a abandonar la oficina. —Lo siento mucho, señor— dije, con supuesta tranquilidad, aunque con cierto estremecimiento interior—, pero no me une nada con el hombre al que alude; ni es mi pariente, ni es aprendiz mío, como para que usted me haga responsable de él. —En nombre de Dios, �quién es? —Desde

tanta excitación—, �se vendría ahora a casa conmigo —pero no a mi oficina, sino a mi hogar— para quedarse allí hasta que, cuando nos convenga, alcancemos algún pacto que le resulte apropiado? Venga, empecemos ahora, ya mismo. —No. Por ahora preferiría no emprender cambio alguno en absoluto. No contesté ni una palabra; pero, con una rápida y repentina huida, y esquivando a todos con eficacia, salí disparado del edificio; corrí por Wall Street hacia Broadway y, saltando al primer ómnibus, acabé

clientes. De hecho, yo era totalmente consciente de que a veces le tomaban por un político local; pero no solo eso, sino también de que algunas veces hacía algún negocio por los tribunales de justicia y de que no era un desconocido en los accesos a las Tumbas.5 Tengo buenas razones para creer, no obstante, que un individuo que iba a visitarlo a mi oficina y que con aire grandilocuente insistía en que era cliente suyo, no era sino un acreedor tenaz, y aquel presunto título de propiedad, una

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